Riña en el consejo de ministros

 

 

Siempre me ha intrigado saber qué diantre debe decirle la ministra de medio ambiente de turno al ministro de economía de ídem (y utilizo el género de forma alevosa, aunque coincidirán en que con estricto realismo)… como decía, qué exclamará esa dama cuando en el consejo de ministros el segundo anuncia con rotundidad que la economía del país ha de crecer al X%, que urge incentivar el consumo, fomentando –por ejemplo– planes de renovación del parque automovilístico y demás recetas del estilo. Da lo mismo si lo que anuncia el ministro es una constatación (el país va bien) o un desesperado SOS (¡puñeta! el país va mal). Según entiendo yo la cuestión, la ministra debería protestar en toda regla ante tamaña aberración medioambiental y frente a tan cruda violación de sus competencias ministeriales.

Pero –apoyado por los pesos pesados del gabinete– el ministro posee una batería de argumentos inapelables: el consumo alimenta el crecimiento, el crecimiento produce riqueza, la riqueza porta bienestar, la industria automovilística genera tropecientos puestos de trabajo, la competencia con otros países es feroz, los “mercados” confían en un gobierno que apoya el capital, etcétera. Señora: mejor siga reforestando parques.

Esta caricatura ilustra con ironía el dilema real con el que se topa todo país moderno: el conflicto entre desarrollo económico y cuidado del medio ambiente. (De hecho, en el actual gobierno español la disputa debe asumir contornos esquizoides, ya que la ministra de medio ambiente lo es también de agricultura.) En el actual entramado económico, biológico, político y social del planeta, lo que los dirigentes y expertos llaman “desarrollo” sólo puede lograrse a costa de una permanente agresión al medio.

Pero algunos pensamos –con Amartya Sen– que si el desarrollo tiene que ver con la mejora de las libertades humanas y la calidad de la vida de las personas (y no sólo en hacer crecer el PIB o en dar confianza a los “mercados”), entonces la calidad del medio ambiente es parte de lo que debemos mimar y promover. No se puede separar “desarrollo”, en su sentido más completo, de cuidado ecológico.

 

Desechos en el puerto de Ribeira (A Coruña).

 

En este sentido, por ejemplo, parecería apropiado subvencionar con dinero público las energías limpias, cuyo impacto medioambiental es mínimo, reducen la dependencia energética exterior y no tienen riesgo de desastre o atentado. Ocurre que los gobiernos están atrapados –por no decir conchabados– en apoyar las energías convencionales (como ha demostrado explícitamente el gobierno español al recortar drásticamente todos los incentivos a las energías renovables, lo que le ha reportado –faltaría menos– varias demandas judiciales). Los gobiernos están sometidos a un permanente chantaje del que no saben –y seguramente ni pretenden– escapar. Y es que el actual dogma neoliberal sólo escanea los grandes números macroeconómicos. No ha lugar a nimiedades superfluas. Se trata de hacer crecer el PIB nacional o, a nivel empresarial, de mejorar las utilidades a toda costa. Más aún si la empresa cotiza en bolsa. (Por cierto que la bolsa no es otra cosa que el perverso mecanismo por el cual la ambición y los deseos de millones de personas se transforman en una desmesurada presión para crecer y dar beneficios. Para una empresa que cotiza lo secundario es la situación de sus empleados, el respeto por el medio ambiente o hasta la salud de sus clientes.)

El resultado de este entramado, el conocido: el beneficio de unos pocos al precio de una permanente agresión al medio (todavía contemplado como fuente inagotable de recursos) y, muy en especial, de las personas que habitan –normalmente en los países llamados “en vías de desarrollo”– en proximidad a dichos recursos. Pero esos no tienen voz en ningún consejo de ministros.

Reconozco que no soy optimista ante el estado actual de las cosas. La situación, a escala global, se me antoja como un tren –a carbón, claro– desbocado y desregulado, con inercias difíciles de manejar o desviar, al menos sin un gran estallido, por otra parte indeseable. Son toneladas de intereses económicos, de sesgadas formas de entender el mundo, siglos de engaño, codicia y furia.

Los partidos políticos no están por la labor, los verdes llegaron a su techo (allí donde llegaron), las rejuvenecidas izquierdas presentan una pavorosa e inquietante falta de programa ecológico y hay quien todavía enarbola el tropo del “desarrollo sostenible” que, con todos los respetos, es puro mito. La sociedad entera no está por ningún cambio de paradigma o de consciencia (aparte unos pocos empecinados).

En efecto, nuestra sociedad ha asumido que los problemas se solucionan desde afuera: con mejor tecnología, mejores leyes, hábitos regulados, etcétera. Sin negar que ello tenga su impacto (positivo o –lo que es patético, también– negativo), en lo más hondo nos des-responsabiliza a nivel personal y nos hace más dependientes de lo externo, en especial de la tecnología; lo que realimenta nuestro alejamiento del medio natural. Si no hay una transformación personal –que se extienda a lo social–, sospecho que no saldremos del círculo vicioso.

Pero volvamos a lo más prosaico. Y no todo son noticias pésimas. Alguna esperanza quizá puede atisbarse en lo que al recalentamiento global respecta gracias al reciente acuerdo entre China y EE.UU. (los dos principales emisores de dióxido de carbono). Ocurre que está aún por ver si este se materializa en la futura cumbre de París.

Un problema tan complejo como este, que atañe al planeta entero, y a las generaciones –humanas, animales y vegetales– futuras, sólo puede abordarse desde el diálogo multidisciplinar. Han de sentarse a la mesa políticos, economistas, biólogos, sociólogos, ecologistas, empresarios, etcétera. Se tendría que afrontar con seriedad lo que Joan Martínez Alier llama el “pasivo ecológico” (la deuda no pagada por una empresa durante el tiempo de operación en una mina, un bosque, un río…), por ejemplo, con algún tipo de eco-impuesto. Tal vez tendríamos que atrevernos a gravar asimismo el consumo. El debate no es solamente económico porque no todo es cuantificable: ¿cómo se resarce a una tribu desplazada de su “tierra sagrada” por la construcción de una represa?, ¿cómo compensar a los afectados por el uso de pesticidas ultra-nocivos? La discusión es, como los ejemplos escogidos han querido ilustrar, asimismo social. Porque la calidad de nuestro hábitat tiene que ver –y, si me apuran, pienso que refleja y hasta espejea– la calidad de vida de nuestra sociedad.

 

 

8, febrero, 2015