Reflexiones sobre el concepto “filosofía”

 

Martin Heidegger decía que sólo Occidente y Europa son originariamente filosóficos. No puede hablarse de una “filosofía occidental” porque es tautológico: la filosofía es, en esencia, griega. Por la misma razón, no puede hablarse de filosofía en la India, en China, en la sociedad náhuatl o en el mundo Yoruba.

Estas rotundas afirmaciones bien parecen un prejuicio eurocéntrico de Heidegger –y de buena parte de la tradición filosófica occidental–, pero la observación debe prevenirnos de forma cautelar. (Más procediendo de quien proviene.) Me circunscribiré al ámbito índico, que es el que domino.

 

En efecto, el concepto mismo de “filosofía”, tal y como se entiende en Occidente, podría ser inapropiado para los pensadores “clásicos” o tradicionales de la India. Al menos por tres motivos.

En primer lugar, las llamadas “filosofías” de la India consisten más en corrientes de pensamiento que en construcciones elaboradas por un sabio aislado. La filosofía india se da siempre en el marco de una tradición de textos, principios e ideas ya establecidos. De ahí el carácter eminentemente exegético de sus obras. Toda escuela filosófica india que se precie comienza con un sūtra principal que sintetiza las enseñanzas de la tradición. Los siguientes pensadores realizarán comentarios y explicaciones al sūtra. Para el Vedānta, por ejemplo, el sūtra principal ha sido el Brahmā-sūtra de Bādarāyaṇa. Para el Yoga, el Yoga-sūtra de Patañjali. Para el budismo, seguramente el Abhidharma-kośa de Vasubandhu. Para los jainas ese sûtra angular fue el Tattvārtha-sūtra de Umāsvāti. La escuela Mīmāṃsā se fundamenta en el Mīmāṃsā-sūtra de Jaimini. Etcétera. Es en estos aforismos filosóficos donde el término sūtra adquiere su verdadero carácter de regla breve y condensada. Razón por la cual la mayoría de tratados filosóficos necesita de los comentarios, subcomentarios, glosas y hasta autocomentarios. Sin esta exégesis del maestro cualificado es realmente difícil que pueda captarse el sentido del aforismo. Esta vinculación a la tradición difiere notablemente de la norma filosófica occidental. La mayoría de filósofos indios nunca dice innovar –¡incluso cuando lo hacen!–, sino que remite a un saber antiguo, al tiempo de los ṛṣis, jinas o sabios de eones más virtuosos que el presente.

 

Dos sabios hindúes conversan en el bosque.

 

En segundo lugar, las filosofías indias no son nunca “pura teoría”, en el sentido griego. La perspectiva práctica y liberadora (la soteriología), no se olvida jamás. Los pensadores indios no tratan de describir únicamente la realidad ni persiguen una Verdad abstracta en mayúscula. Son trans-filosóficos en el sentido en que la verdad, si no conduce a una práctica emancipadora, no tiene demasiado valor. Un famoso sūtra jainista recela de aquellos que se regodean en las palabras y el intelectualismo pero no actúan ni se comportan de acuerdo a sus principios. De hecho, puede detectarse en la historia de la filosofía india un cierto desplazamiento en la concepción de la filosofía como “ciencia de la visión” (darśana) a “ciencia de la liberación” (mokṣa-vidyā). En otras palabras, si una reflexión metafísica no sirve para explicar el origen y el cese de la ignorancia, el sufrimiento y el apego (los tres conceptos son virtualmente sinónimos), entonces no vale la pena profundizar en ella. La filosofía, en el contexto índico clásico, ha de ser liberadora.

Por último, el discurso filosófico indio es distinto del occidental. El filósofo indio primero define cuáles son los medios de conocimiento que considera válidos (pramāṇa). Luego, emplea mucho tiempo y precisión en definir los conceptos filosóficos que utiliza. Suele referirse a las posiciones del oponente (pūrvapakṣa) para refutarlas y presentar correctamente las propias. Finalmente, trata de muchos más campos de los que suele ocuparse la filosofía occidental. Su radio de interés es enorme: ontología, epistemología, lógica, metafísica, lingüística, psicología, ética, fisiología, biología, teoría estética, exégesis escritural, meditación y muchos campos más.

Uno se preguntará si, después de considerar estos matices, sigue siendo pertinente hablar de “filosofía” en la India. Dado que los pensadores indios están vinculados a tradiciones y linajes religiosos, tal vez “teología” sería una alternativa. Pero tampoco sería acertado, puesto que muchas escuelas son plenamente ateístas y nada tienen que ver con un theos. De la docena larga de corrientes filosóficas de la India, al menos la mitad (Cārvaka, Sāṃkhya, budismo, jainismo, Mīmāṃsā y Vedānta Advaita) son ateístas o trans-teístas.

La diferencia entre filosofía y teología, reconozcámoslo de una vez, pertenece a la historia de Occidente. Es una riña local, no universal. A falta de términos mejores, ambos podrían ser válidos siempre que tuviéramos presente lo dicho. Para evitar el riesgo de la asimilación sin contemplaciones, quizá la solución más inteligente consistiría en buscar en la tradición índica el concepto más ajustado. La tarea es muy compleja porque para subsumir en un sólo término el pensamiento religioso-filosófico índico los expertos han barajado no menos de una treintena. Puestos a escoger, tal vez el más apropiado sea uno de los más recurrentes en la literatura sánscrita: darśana, literalmente “punto de vista”, de la raíz dṛś-, “ver”, “visión”, “contemplar”, “aprehender”.

Visto lo anterior, no extrañará que ciertos pensadores nieguen la posibilidad de comparar la filosofía occidental con unas tradiciones que, aparte toda analogía, son en último término no filosóficas (y, por la misma razón, no científicas, no religiosas o no teológicas, pues todos estos conceptos –insisto– remiten a categorías excesivamente incrustadas en la tradición occidental).

Claro que entonces estaríamos prolongando el ostracismo al que se ha visto sometida toda tradición de pensamiento no-occidental y seguiríamos favoreciendo un pernicioso eurocentrismo. Hay que tomar el pensamiento indio, chino, yoruba o náhuatl de forma seria y rescatarlo del esoterismo simplista de ciertos divulgadores o del etnocentrismo de esos académicos para quienes filosofía significa simple y llanamente “filosofía occidental” (de la misma manera que música significa “música occidental”). Reivindico que el pensamiento no-occidental ha sido y sigue siendo tan rico, profundo, complejo y sofisticado como ha podido ser el euro-americano. Hay que protestar por la pertinaz costumbre de ubicar el pensamiento no-occidental como una mera nota a pie de página de una supuesta Historia Universal (o la más políticamente correcta de comprimir sus miles de años de debate y reflexión en un escuálido capítulo a propósito del pensamiento de la “antigüedad”).

Ahora bien, ¿qué es eso tan intrínsecamente occidental que llamamos filosofía? ¿Existe una definición occidental de lo que es la filosofía o el filosofar? Creo que no. El término filosofía es, ciertamente, occidental. Sin embargo, es más complejo, elusivo y controvertido de lo que parece. Para Platón la filosofía consistía en un tipo de sabiduría crítica acerca de las realidades últimas. Para Aristóteles era un conocimiento sistemático (idéntico al de la ciencia). Para Plotino, empero, consistía en una visión del mundo que bien podríamos llamar “religiosa”. Para Heidegger, metafísica. Y para Wittgenstein, un método de examinar el lenguaje. Estas divergencias amplían el espectro de “filosofía” lo suficiente como para incluir a pensadores de otros mundos y de muy diversas idiosincrasias. Puede que la “filosofía” sea de origen griego, pero el “pensamiento” ni tiene origen ni pertenece a ninguna cultura en particular. Al fin y al cabo, filosofía simplemente significa “amor por la sabiduría”. Y eso todavía no es patrimonio de ninguna sociedad o tradición, que yo sepa.

 

 

11, abril, 2015

(Una versión anterior de este post apareció como artículo el 20, agosto, 2011.)