Niebla

 

 

La niebla me fascina. Bajo las nubes rasas el tempo se ralentiza. Los sonidos son muy nítidos. Los transporta la humedad. Se siente el silencio; que todo lo atraviesa. Muy intenso. El radio visual se achica. Los eventos en la bruma se suceden de forma imprevisible. El ojo cede ante el oído, el tacto y la mente. Me atrae la niebla.

Seguro que esta fascinación se alimenta de un poso de nieblas arquetípicas, nieblas inconscientes, nieblas vividas. Tal vez las nieblas londinenses que hemos mamado en viejas películas; o las brumas que ocultan cimas del Extremo Oriente, humedades trazadas por los calígrafos chinos, donde moran sabios de frente huidiza; las nieblas que en alguna juventud ocultaron inocentes juegos amorosos; las cortinas de humo que inundaban antros a los que acudíamos a beber y fumar; incluso el vapor de cuartos de baño ya prehistóricos, donde un niño chapoteaba; nieblas inquietantes en bosques de Sajonia o Transilvania; la boira que nos atacó una noche, en una carretera serpenteante, sin faros apropiados, rozando el peligro con inconsciencia; la tundra, en fin. Nieblas mágicas que nos constituyen.

 

 

Claro que semanas de niebla sin tregua pueden llegar a ser asfixiantes. El anticiclón de invierno –tan soleado en la costa y en las montañas– puede tornarse en una lúgubre manta neblinosa en los valles. La humedad entonces cala. Hay inversión térmica. Un rictus de frialdad y tristeza se apodera de las gentes. Imploran a las altas presiones para que disuelvan tanto gris. Lo he vivido algún gélido invierno en un valle fluvial. La niebla inquieta tanto como la oscuridad. Los aeropuertos pueden clausurarse; se han extraviado transeúntes; mentes preclaras han quedado nubladas esos días fatídicos.

Existen zonas del planeta que apenas cinco décadas atrás aún estaban sin cartografiar a causa de sempiternas nubes. Remotos valles en el corazón de Nueva Guinea, ciegos a los radares, a prueba de turistas y misioneros. Siempre me han atraído estos parajes ocultos.

En 1983 recorrí Chiapas y Oaxaca, en el suroeste mexicano. Atravesé incontables sierras costaneras, que se elevan de forma considerable. Allí las nieblas son de altura, como la vegetación. El rocío es eterno. Puede escucharse el rugido del jaguar, aunque ronde muy lejos. Cada vez que regreso a los bosques de altura, visitados por las nubes, se regocijan mis entrañas.

Quizá en el principio no fue ni el agua ni la luz ni la nada, sino la niebla. ¿Metáforas de febrero? No. Yo he visto la estela de mi figura recortarse en la espesura de las nubes.

 

 

1, febrero, 2015