La religión del consumo

 

El sistema económico actual se sostiene en una trampa fatal: el deseo. Incide en una ansiedad, anhelo o vacío que –así funciona el cebo– deseamos colmar llenándolo de objetos, propiedades, productos, estatus o riqueza. Estamos enganchados al deseo.

De ahí la obsesión por el dinero de nuestra sociedad. Se nos asegura que con dinero –o poder o fama– uno puede satisfacer todo aquello que desee. Y que al satisfacer nuestros deseos seremos más felices. Los publicistas saben explotarlo. Insinúan que comprando tal automóvil, utilizando tal perfume o contratando tal compañía de telefonía podremos autorrealizarnos como seres humanos y alcanzar, al fin, el estatus que nos corresponde.

En cualquiera de los casos damos vueltas sobre una misma patraña: el dinero simboliza la felicidad. Colmar los deseos significa estar pleno y satisfecho. Consumir es un placer. Pero no hace falta ser muy sabio para darse cuenta de la falacia. De hecho, cualquier madre o padre de este eón cósmico que nos ha tocado vivir lo comprueba casi a diario con sus propios hijos. La criatura nos pide le compremos el juguete o la golosina. Le mueve el deseo por el objeto. Más incluso que el objeto. Pero una vez alcanzado, el deseo se desvanece; porque todo es impermanente y efímero, como bien vislumbró el Buda. Así que el niño desplaza su ansia a un nuevo objeto del deseo.

Ya que hemos citado al sabio de Lumbini, recordemos que el Buda identificó el deseo (con la metáfora de la “sed”) como la causa y origen de nuestra enfermedad: duhkha; es decir, la insatisfacción, el sufrimiento, la alienación, la frustración… el malestar inherente a la condición humana. Hoy, su análisis sigue siendo tan fino y vigente como hace 2.500 años. Es más, creo que nos hallamos frente a una verdadera pandemia.

Porque lo cierto es que los sociólogos y los psicólogos (incluso algún economista) saben que cubiertos unos mínimos (de cobijo y alimentación) nuestra felicidad no se incrementa por más posesiones que tengamos. Un hipotético índice mundial de la sonrisa situaría a países y poblaciones no precisamente ricas en los primeros puestos. Hay consenso en que la principal fuente de felicidad (por supuesto, subjetiva), lo proporciona la calidad de nuestras relaciones con los demás y con el entorno.

Sin embargo, el actual sistema socio-económico ladea el asunto y actúa sobre la gente prometiendo la felicidad con cada nueva compra. Estrictamente, el sistema se reproduce manteniendo nuestra propia insatisfacción: alimentando más deseos de neutralizarla con objetos externos. Es decir, explotando el apego.

Obviamente, el problema no está en comprar un automóvil, una golosina o un bolso de marca. Tenemos necesidades materiales que hay que colmar. Y si uno puede permitirse mayor calidad, tanto mejor. Nada que objetar. Además, la sociedad de consumo ha permitido cierta democratización del confort, antaño restringido a las élites y clases muy pudientes. El problema es convertir esa necesidad en el motor que dirige nuestras vidas. En otras palabras, hacer del deseo nuestra pulsión de vida.

 

Macro-centro de alimentación en Portland, EE.UU.

 

La llamada sociedad de consumo se está convirtiendo, en realidad, en una nueva religión: el consumismo. Aunque quizá no tenga Iglesia (de hecho, muy pocas religiones la poseen), se sostiene en una doctrina e ideología –basada en el neocapitalismo globalizado– muy elaboradas. Tiene sus propios teólogos, si bien el Theos puede que esté ausente. Despliega sus símbolos sagrados (la “M” de McDonald’s, la manzana de Apple, la “√” de Nike, la “VW” de Wolkswagen, etcétera). Está generando una nueva mitología (con deidades, héroes o villanos como Steve Jobs, la dinastía Rockefeller o Mark Zuckerberg). Su calendario sagrado (san Valentín, día de la Madre, Black Friday, día de Reyes, etcétera) adquiere ya más protagonismo que el de religiones con mayor alcurnia. Existen infinidad de santuarios, templos y lugares sagrados en todo el mundo (los malls o centros comerciales, avenidas de tiendas de lujo, destinos turísticos…). El consumismo tiene sus propios popes, sacerdotes y profetas (publicistas, cazadores de tendencias, CEOs, etcétera). Y lo más importante de todo. El consumismo posee su propia escatología; su promesa liberadora. Esto es, la recompensa de la felicidad y el estatus a través de la compra y el consumo. Vestir tal marca, utilizar tal aparato, visitar tal lugar, leer tal libro, jugar tal juego, comer en tal sitio… reportan placer, plenitud, rango, identidad y felicidad. Riqueza material y económica se equipara a la riqueza espiritual o personal. De donde el engaño: cuanto más dinero, más feliz.

Si otras religiones jugaron con nuestro miedo o con la culpa el consumismo incide –insistamos– en el deseo. Se entreteje –diría que parasitariamente– en la cotidianeidad (la llamada “sociedad de consumo”) y se asocia de forma impecable al sistema político y económico vigente. El capitalismo globalizado se sostiene en la avaricia y la codicia (personal y empresarial), por lo que precisa de infinitos agentes de deseo que anhelen colmarlo con posesiones, compras y objetos, preferiblemente de usar y tirar. Como decía el maestro vietnamita Thich Nhat Hanh, «el sueño americano se ha convertido en la pesadilla del mundo». No sólo una pesadilla para el medio ambiente, sino una fuente de estrés y endeudamiento por tratar de mantener un ritmo de consumo. A esta adicción al consumo algunos la han llamado afluenza. A esta invisible retroalimentación yo le llamo alienación.

 

Los jóvenes siempre han sido un reflejo de nuestro tiempo. Muestran –de forma caricaturizada– los defectos y las virtudes de cada sociedad. Son como un espejo, algo cóncavo. (En otro post prometo hablar de las virtudes.) Es un colectivo (que arranca ya en la pre-adolescencia y se alarga pasados los 30) con capacidad de consumir gran cantidad de productos y servicios. Lógico, pues, que el proselitismo consumista busque convertir esas almas con todavía poco espíritu crítico.

El caso es que en cualquier ciudad del planeta tenemos hordas de jóvenes adictos y enganchados a la moda, la imagen, las drogas, los juegos, los aparatos, etcétera. Jóvenes abarrotados de tecnología, productos de ocio y prendas innecesarias, incansables consumidores de estimulantes, deportes o viajes. A los padres les repele ver el retrato que estos jóvenes hacen –no ya de la familia– sino de la sociedad en la que vivimos. Pero su actitud revela nuestras propias carencias.

La adicción es una forma patológica del deseo, de la necesidad de colmar un vacío, paliar el sufrimiento o escapar de lo real. La adicción material, como cualquier droga, incide en la inmediatez. Los jóvenes y los no tan jóvenes estamos atrapados en la pantomima de la “novedad”.  La moda tiene que reinventarse permanentemente, las nuevas tecnologías no duran ni tres años, los libros no aguantan seis meses en una librería, las películas desaparecen de la cartelera en un plis-plas. De hecho, la obsolescencia programada (la deliberada reducción de la vida de un producto) es una consecuencia directa del círculo vicioso del consumismo/capitalismo. Esto no sólo supone un derroche ecológico brutal, sino que exige una reducción de la calidad (supeditada al éxito, a la brevedad, a la caducidad, a la utilidad). Y genera una permanente ansiedad por no quedar desfasado y perder el tren de la moda.

En el mundo poco igualitarista en el que vivimos, la sociedad del despilfarro no sólo parece patética, fruto de la inmadurez, el egoísmo y el apego institucionalizados, sino tristemente injusta.

No son el pentecostalismo ni el islam las religiones que mayor penetración tienen entre los marginados del planeta. El viralismo del consumismo es infinitamente más eficaz. Y va a generar más duhkha, infelicidad y frustración, no ya para quienes pueden alcanzar el evanescente objeto del deseo, sino para todos aquellos que van a quedarse con las meras ganas de alcanzar los mínimos de confort que la dignidad humana actual requiere.

 

 

1, marzo, 2015