La paradoja india

 

 

El pasado 26 de enero se celebró en Nueva Delhi el desfile del Día de la República. Es uno de los días emblemáticos del calendario de la “nación”; una festividad que conmemora la adopción de la Constitución India. Este año, el primer ministro Narendra Modi invitó al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. Más allá de los evidentes intereses económicos o geoestratégicos entre ambos países, parece que hay buena química entre estos dos mandatarios, tan distintos como –cada uno a su manera– “peculiares”.

Narendra Modi se alzó con la victoria en las elecciones generales indias del pasado mayo de 2014. Para dar una idea del gigantismo indio, digamos que se trató del mayor ejercicio de la democracia en el planeta, un macro-ritual que duró 6 semanas, convocó a 815 millones de electores y 930.000 mesas electorales. Casi 1.600 partidos se disputaban 543 escaños en liza. Finalmente, la victoria fue para el Partido Bharatiya Janata (BJP), encabezado por Modi, que por vez primera en 30 años logró una mayoría absoluta en el Parlamento Nacional.

A pesar de su impecable currículo democrático (la “democracia más grande del mundo” reza el eslogan), la India presenta muchas paradojas a los esquemas clásicos de desarrollo y modernización. El propio arraigo de la democracia sobre suelo indio pone en tela de juicio tantos aprioris que resulta estimulante realizar un pequeño ejercicio de análisis sociopolítico. (Obviamente, me limitaré al marco institucional y no voy a entrar a trapo en lo que podría ser una genuina sociedad y cultura democráticas, en India o cualquier otra parte.)

Por un lado, India es el único país del mundo que ha abrazado la democracia sin tener una clase media de gran tamaño, ni siquiera con una mayoría de sus electores alfabetizada. Por otro lado, su creciente desarrollo económico tiene lugar permaneciendo como una sociedad muy religiosa. No menos sorprendente es el hecho de que, en muchos aspectos, la casta (es decir, aquello que más divide y marca la desigualdad) sirve hoy de base para la democracia o para dar voz a los desfavorecidos (en forma de asociaciones o partidos políticos de casta, discriminación positiva por razón de casta, etcétera). Se considera, además, que para que la democracia prospere un país precisa de una sociedad civil dinámica y una economía capitalista, preferiblemente rica y en crecimiento. Y, en cambio, cuando la India alcanzó la independencia, en 1947, era un país muy pobre, con unas tasas de crecimiento y de productividad realmente bajas. Un país segmentado, además, por una miríada de lenguas, etnias, tribus, castas o minorías religiosas. Con bastante mal ojo, los politólogos predecían que la democracia no sobreviviría en la India. Y durante décadas no han cesado de hablar de la “anomalía” india (eurocentrismo obliga). Así, ¿qué factores han facilitado que la democracia arraigara en la India?

 

Mujeres hacen cola para votar en Hyderabad (Andhra Pradesh).

 

Por un lado, hay que reconocer el peso del sistema de gobierno legado por los británicos, que enfatizó la independencia del poder judicial del ejecutivo, la igualdad legal o los derechos civiles. Desde su independencia, la Unión India ha mostrado un alto grado de compromiso con los valores democráticos y las libertades civiles. Por ello posee una Constitución que garantiza los “derechos fundamentales” a todos sus ciudadanos (igualdad ante la ley, libertad de expresión, derecho al trabajo, educación gratuita y obligatoria, etcétera).

¡Ojo! Si bien es evidente el peso de ideas ilustradas y modernistas venidas de Occidente, y el lenguaje de la democracia india es claramente anglosajón, el poso indio de pluralismo, debate público, multiculturalismo y tolerancia de la heterodoxia intelectual, que tiene muchos siglos de antigüedad en el Sur de Asia, ha sido asimismo decisivo a la hora de vehicular la democracia. No realimentemos, pues, el estereotipo que dice que Occidente posee el copyright de las libertades.

Recuérdese que en el año 1600, cuando en Roma la Santa Inquisición quemaba al científico Giordano Bruno por hereje, el emperador indio Akbar organizaba en su capital cercana a Agra un genuino “Parlamento de las religiones”, al que acudieron ilustres clérigos musulmanes (sunnitas y chiítas), brahmanes y yoguis hindúes, monjes jainistas, misioneros cristianos (entre ellos el jesuita catalán Antoni de Montserrat), parsis y judíos de la India. Aunque en los últimos tiempos ha sido el llamado “Occidente” el espacio que ha liderado bastantes de los desarrollos de la sociedad democrática y liberal, sirva el ejemplo para no hacer de ello ninguna esencia de un espíritu occidental (que, si por algo se ha caracterizado, diacrónicamente hablando, quizá haya sido por lo opuesto: un acusado espíritu de dogmatismo e intolerancia). Si la India adoptó una Constitución resueltamente liberal de corte “occidental” en 1950 fue porque los valores de la igualdad, la tolerancia, la justicia, el debate, la dignidad o la inclusión ya estaban presentes.

También hay que subrayar el papel del Tribunal Supremo y de la Comisión Electoral, que han garantizado elecciones libres. Salvo el nefasto golpe de autoritarismo de Indira Gandhi de 1975/1977 (que la llevó directamente a la oposición, una vez se convocaron nuevas elecciones), no ha habido ruptura del sistema democrático. Se ha dado alternancia política y nadie osa cuestionar los cimientos del Estado constitucional. Desde 1950 ha habido elecciones con regularidad; tanto a las asambleas municipales, a los veintitantos parlamentos de cada estado o al Lok Sabha (Parlamento Nacional). Ninguna otra democracia del mundo ha sido gobernada por una coalición ¡de 24 partidos!

La democracia en la India ha habilitado unos medios de comunicación muy activos e independientes, ha permitido a los partidos nacionalistas expresar sus demandas al Estado central (en la actualidad hay 20 peticiones de creación de nuevos estados dentro de la Unión; el último, el de Telangana, creado precisamente tras las últimas elecciones generales) y ha favorecido el activismo social. El número de oenegés indias es asombroso. La gran mayoría fomenta el inclusivismo social, la igualdad de género, la defensa de la naturaleza, etcétera.

Todo ello no debe ocultar los graves problemas del país. Por descontado. La calidad de las infraestructuras y servicios del Estado (carreteras, agua, electricidad, escuelas) es, con frecuencia, desastrosa. En los hospitales y escuelas públicas, el nivel de absentismo laboral de doctores, enfermeras o maestros es altísimo. La agresión al medio ambiente ha adquirido tintes alarmantes. Si la India sale bien parada en lo que a indicadores de democracia atañe, sale muy mal en el “reparto” de los servicios. El país posee graves déficits en derechos humanos, en especial en los que a cuestiones de género y calidad de vida se refieren. A lo que hay que añadir unas nuevas políticas económicas que, si bien han creado una pujante clase media, han dejado a dos terceras partes de la población tanto o más empobrecidas y desesperadas que antaño.

Es quizá la corrupción (y hasta la ineptitud de buena parte de sus políticos), el mayor lastre para que la democracia india puede desarrollarse y expresarse en toda su amplitud. El espíritu pragmático indio y el peso del amiguismo facilitan que la infraestructura de la democracia coexista tan cómodamente con comportamientos políticos muy poco democráticos. (En eso, empero –y lamentablemente–, la India no es tan exótica ni es tan distinta de los países del Extremo Occidente.)

A pesar de estos déficits (en los que prometo profundizar en otro escrito), hay esperanzas para que la “democracia más grande del mundo” siga fructificando. Más si la comparamos con sus vecinos. Ni Pakistán, ni Bangladesh, ni China, ni Nepal, ni Myanmar, ni Sri Lanka… (la mayoría con una experiencia colonial pareja a la india), pueden jactarse de un currículum democrático como el de India. Incluso los partidos que pudieran parecer más reaccionarios se han mostrado respetuosos con las reglas del juego. El que la democracia se haya consolidado en uno de los países más pobres y complejos del planeta es admirable y representa un signo de esperanza para muchos otros países.

Pero, por encima de todo (y este es el aspecto que quizá más contradice los viejos esquemas de pensamiento), pienso que ha sido y es la propia diversidad de la India la razón más decisiva para que el país se haya mantenido democrático. El extraordinario multiculturalismo indio necesita la democracia. Si comparamos India con China, el otro gigante asiático, veremos que la primera es muchísimo más diversa en lenguas, alfabetos, religiones o “comunidades” (castas). Esa fragmentación dificulta la toma de decisiones, sin duda, (y, por momentos, exaspera), pero a la vez obliga a cierta negociación y a la búsqueda del consenso. Recordemos el viejo eslogan nacionalista de “unidad-en-la-diversidad”, con el que Gandhi y Nehru idearon la nueva nación.

Sólo con este marco de pluralismo y consenso puede manejarse un continente (saquémosle ya lo de sub-continente) de 1.250 millones de personas que por vocación es plurilingüe, multicultural, plurirreligioso; una placa civilizacional apelmazada por infinidad de minorías, microcosmos y fragmentos. En cualquier otro lugar del planeta una entidad así (con 120 lenguas, 24 de ellas oficiales, que recurren a 14 alfabetos, etcétera) se habría desintegrado hace décadas.

Este carácter inclusivista y cromático se respira por doquier. Yo sostengo, por ejemplo, que eso que llamamos “hinduismo” (bautizado como religión del mundo sólo a principios del siglo xix) puede conceptualizarse mejor como una “familia” de religiones índicas que no “una” religión. Algún antropólogo dijo –con exageración, sin duda– que había más religiones dentro del hinduismo que afuera. El ejemplo ilustra, en cualquier caso, el carácter compuesto y dialógico de eso que denominamos hinduismo: un sinfín de rituales, yogas, filosofías, textos, mitologías, grupos religiosos, etcétera. En este sentido, la “tolerancia” hindú no sería tanto el haber permitido durante siglos la coexistencia de otras religiones (budismo, jainismo, islam, sikhismo, cristianismo, judaísmo, etcétera), que no es poca cosa, sino de haber fomentado en su seno la eclosión de semejante pluralismo religioso (shivaísmo, shaktismo, vishnuísmo, krishnaísmo, neohinduismo, tradición smartha, védica, tradiciones populares, de distintas castas, etcétera). Sobre un idéntico ethos inclusivista se asienta la democracia india.

La paradoja final de todo este asunto es que si bien, durante décadas, para muchos dirigentes indios el presente de Occidente delineaba la imagen del futuro de la India (del mundo cabría decir), el curioso viraje es que –como ha señalado el politólogo Sunil Khilnani– el presente de India puede que de hecho contenga más que una premonición del propio futuro sociopolítico de Occidente.

 

 

30, enero, 2015