El mito del Progreso

 

 

¿Quién no ha sentido en alguna ocasión que –en pleno viaje por otro país o lugar– se desplaza a otra época? Es muy común escuchar que un paseo por la medina de Fez es como un viaje a la Edad Media. O que en la India conviven varios siglos a la vez, uno al lado del otro.

Con frecuencia, cuando un urbanita se planta –en persona, pero vale también a través del televisor– ante un indígena de la selva o las montañas tiene la sensación de estar contemplando a un ser de otro tiempo. Les separan décadas, siglos y puede que milenios. Como cuando se escucha que un aborigen australiano o un pigmeo congolés son representantes de la Edad de Piedra. Se siente una extraña distancia temporal, una bifurcación que algún antropólogo llamó la “negación de la contemporaneidad”; es decir, percibir que el otro (una persona, una cultura o una civilización) vive en un tiempo distinto del nuestro. Lo cual, aparte de su potencial para un guión de ciencia ficción, sabemos que es incongruente. Al menos, lo es racionalmente. Si estamos uno y otro cara a cara, quizá intercambiando palabras y miradas; si somos pueblos vecinos, vivimos en un mismo tiempo presente. (De hecho, creamos el presente en nuestra interacción.) Y, sin embargo, como decía, esa sensación nos sobreviene de manera muy convincente en ciertos encuentros y contrastes. Más aún cuando hacemos abstracción y  pensamos el mundo.

Para que esta asimetría pueda notarse es necesario que tengamos un molde o un referente temporal en el que ubicar las sociedades, las personas, los comportamientos, los valores o las tecnologías. En otras palabras, tenemos que recurrir a ciertas ideas de desarrollo, evolución, progreso o historia.

Sólo podemos afirmar que el islam, por ejemplo, ha quedado encallado en el siglo xv –como se lee con frecuencia–, si convenimos en que se corresponde a la fase de evolución cultural que Europa alcanzó en dicho siglo. O al revés, podemos incluso reconocer que, en aquel tiempo, el mundo islámico llevaba siglos de ventaja sobre el pelotón. En cualquiera de los dos casos encuadramos una realidad híper compleja en un sencillo esquema evolutivo, echando mano de un darwinismo llamémosle “popular” (pero recurrente entre la intelectualidad, que le otorga un aura de autoridad.)

Yo mantengo, sin embargo, que es falaz reducir a un único esquema evolutivo compuesto por “etapas”, “fases” o “siglos” la enorme diversidad de historias humanas. Ya Theodor Adorno señaló que, si bien existe una historia que conduce del tirachinas a la bomba atómica, ninguna historia universal conduce de lo salvaje a la humanidad.

Obviamente, la bomba atómica es un arma mucho más sofisticada que el tirachinas. La tecnología ha evolucionado de forma espectacular. Pero el salvajismo de la sociedad que bombardeó Hiroshima es posiblemente idéntico al del primitivo cro-magnon. De hecho, tengo bastantes razones para pensar que es un barbarismo muy superior. En cualquier caso, el ejemplo nos sirve para poner bajo sospecha la popular idea de Progreso (mayúscula): la asunción de que las civilizaciones, las sociedades, las culturas y hasta las personas transitan de la barbarie al Progreso, de lo inhumano a lo humano.

A mediados del siglo xx, la sociedad supuestamente más avanzada, progresista y evolucionada de todas, esa que hemos designado “Occidente” (con “siglos” de adelanto sobre un heterogéneo grupo de perseguidores formado por civilizaciones atrasadas y territorios colonizados), alumbró lo que no podría ser sino el clímax del Progreso: el nazismo, el estalinismo y el franquismo. ¿Era ese el glorioso destino de la Dialéctica o de la Historia?

¿No habremos inventado acaso otro mito? Un mito –que por abreviar vamos a llamar el “mito del Progreso”– en el que referentes selectivos de la historia de Europa (es decir, una ficción de historia local) se erigen como una rejilla universal en la que hacer encajar el resto de sociedades, cosmovisiones o economías.

Un mito que quiere ver que los cambios y transformaciones en arte, pensamiento y ciencia constituyen un alejamiento de nuestra animalidad. Un Progreso que, entonces, justifica la intervención de unas sociedades más avanzadas sobre otras más prehistóricas o medievales (y pasa por alto sus propias sombras y atrocidades). Porque es una verdad como un templo que el “mito del Progreso” ha ofrecido una coartada al colonialismo o al racismo y se tapó los ojos ante el Holocausto o el gulag.

 

“El espíritu de la frontera”. Pintura de John Gast (1872). Muestra a Columbia (que representa a los EE.UU.), apoyada por la tecnología (ferrocarriles, telégrafo), conduciendo a los pioneros en su “Destino manifiesto” (la creencia de que los EE.UU. deberían expanderse desde el Atlántico hasta el Pacífico). Bisontes y amerindios retroceden en la oscuridad para dar paso a la luz del Progreso.

 

El mito del Progreso se cuece en aquel optimismo europeo típico del siglo xix; el tiempo de la inacabable expansión colonial, del dominio del sistema capitalista mundial, los avances en ciencia y tecnología o la revolución industrial. Tampoco es casual que el darwinismo (que, según lo entiendo, sin embargo, habla de evolución pero no de Progreso), naciera en el mismo período. Necesitada de romper ya sin ambages con el providencialismo cristiano, la intelectualidad europea concluyó –de una forma que no me queda sino llamar “arrogantemente ingenua”– que la historia consistía en el perfeccionamiento material y moral de la humanidad.

Aunque hace ya más de medio siglo que ningún pensador de relieve suscribe narraciones semejantes (y es que ¿cómo podría respaldarse un mito así después de las guerras mundiales?), el hecho es que seguimos proyectando las ideas evolutivas sobre sociedades, modelos económicos, valores morales, sobre arte e incluso civilizaciones. El mito del Progreso sigue latente. Esta artimaña nos permite embutir una artesanía ritual africana en la etiqueta de arte “primitivo” o suponer que el sistema económico capitalista representa un modelo más evolucionado (léase, mejorado) que la caza-recolección.

Recuerdo que Salvador Pániker –que no en vano ha ahondado en la noción de “retroprogreso”– ponía en algún libro un ejemplo ilustrativo. Se preguntaba, con acierto: ¿Es acaso la música de Purcell menos buena que la de Vivaldi, que a su vez sería menos buena que la de Mozart, y ésta que la de Schubert… y así hasta llegar a algún músico contemporáneo que representaría la culminación de la belleza de los anteriores?

Yo presiento –aunque admito que puedo estar equivocado– que no hay un Progreso; sino cambios, transformaciones, complejificaciones, autoorganizaciones, procesos, movimientos, evoluciones, altibajos. Todo avance genera retrocesos, toda modernización implica pérdidas, incertidumbres y regresiones. No confundamos ciertos avances y mejoras con un ideal de Progreso. La biología de un mamífero es más compleja y evolucionada que la de un protozoo. Pero –salvo que le concedamos un significado a la complejificación y al cambio y un propósito a la evolución, cosa a la que me resisto– esta no implica necesariamente ningún progreso. Existe una evolución en el cerebro, la tecnología o la economía de homo sapiens respecto a homo erectus. Pero, como antes decíamos, la bomba de sapiens podría ser en muchos aspectos una involución frente al sílex de sus predecesores. Estas transformaciones no se ajustan a ninguna dialéctica del Progreso.

Ahora bien, ¿tal vez “yo” progreso?, ¿de la infancia a la adultez?, ¿de la pasada década a la presente? He cambiado, sí. En algunas cosas he evolucionado, he envejecido, mis conocimientos en matemáticas puede que hayan progresado; o no. Pero me cuesta pensar que haya “progresado”, incluso si admitiera que me he convertido en mejor persona o en un sabio. (Y es que el “yo” es otro gran mito, fabricado por la mente y el pensamiento, entretejido en sus propias creaciones.) En cualquier caso, el que un individuo haya acumulado experiencias y hasta mejorado no significa que exista un Progreso en el devenir histórico. El que usted o yo seamos más sabios no implica que nuestra sociedad vaya en la misma dirección. (De hecho, dudo que nada ni nadie vaya a ninguna parte.) La economía capitalista es indiscutiblemente más compleja que la caza-recolección. Pero, ¿es más humana, más compasiva, más solidaria, más respetuosa con el medio, más civilizada?

Voy con un último ejemplo, política y filosóficamente incorrecto. Pero yo ni soy político ni filósofo. De hecho, me da cierta pereza filosofar. Lo que a mi me gusta es escribir. En fin, a lo que iba. Yo prefiero vivir en el régimen de libertades que proporciona el marco de la Unión Europea que en el régimen dictatorial de los jeques de Arabia Saudita. Aunque con este contraste estoy siendo algo perverso (las libertades európidas tienen su “sombra” y, en verdad, desconozco casi todo de Arabia Saudita, que nunca he visitado), únicamente pretendo hacer una constatación: el que yo no pueda afirmar que el liberalismo europeo represente la vanguardia del Progreso, no quita que yo lo considere mejor –¡infinitamente mejor!– que el salafismo saudí; y, si me apuran, más humano. (¿No sería entonces eso Progreso? Lo dudo: esas libertades –que van junto al Holocausto y el esclavismo, no olvidemos– representan un progreso, pero no el Progreso.)

Retomemos el punto con el que abríamos la discusión: el salafismo saudí (una versión muy rigorista del islam que da cobertura a regímenes políticos muy totalitarios y a la mayoría de grupos llamados “yihadistas”) no representa una ideología “medieval”. De hecho, es un ideario muy moderno (se nutre del wahabismo que nace en el siglo xviii en oposición al horizonte de la modernidad) y es una patología extremadamente contemporánea, como muestra su alarmante atractivo para bastantes personas de diferentes hemisferios y condiciones. (Literalmente, podemos considerarla una ideología reaccionaria, además de puritana y ultraconservadora.) Puesto que la idiosincrasia del salafismo/wahabismo nos “recuerda” el dogmatismo cristiano de épocas previas a la modernidad tendemos a proyectar nuestra experiencia e historia local y lo ubicamos en una tenebrosa “Edad Media”. Proyectamos nuestra periodización, rejilla y escala de valores local –que por estas tierras tenemos gran propensión a considerar universal– sobre las demás culturas, sociedades o civilizaciones. Y las ubicamos en otros siglos o momentos históricos de nuestra historia. De nuevo, les negamos la contemporaneidad. Lo que en el mundo globalizado de hoy es un absurdo. Y un serio impedimento para el diálogo y el entendimiento.

Estamos plagados de mitos. Y ya se sabe que cuanto más ocultos más potentes son. Actúan sin que lo sepamos. Condicionan poderosamente nuestra visión del mundo. Nos constituyen. No pienso que exista un propósito en los cambios y evoluciones de la humanidad. No suscribo, por tanto, la ficción del Progreso. Huele a reencarnación de la Divina Providencia. Me temo que ni las especies, las sociedades o las economías “progresan”. ¿Ni siquiera la consciencia? ¡Ahh!, de eso último prometo cavilar otro día.

 

 

23, enero, 2015