El espíritu del Carnaval

 

 

 

Una voz clama en el desierto. No es el muecín. Es la llamada a la Cuaresma: seis semanas de ayuno y recogimiento que todo cristiano debería contemplar en memoria de los cuarenta días que Jesucristo pasó en el desierto. Una práctica íntimamente emparentada a los ayunos hebreos y al Ramadán musulmán. Pero en la Vieja Europa la llamada es desoída. Como máximo, quizás algunos se abstengan de carne los viernes precedentes a la Pascua Florida.

Significativamente, los días previos al Miércoles de Ceniza (este año 2015, el 18 de febrero), la fecha en que en teoría comienza el ayuno, sí son muy celebrados. Esta semana, llamada genéricamente Carnaval (de “Carnestolendas”, o sea, cuando ha de dejarse la carne), representa el reverso de la Cuaresma. La Iglesia ha legitimado –aunque, a decir verdad, medio a regañadientes– un trepidante espíritu de jarana, justo antes del período de austeridad y recogimiento.

Todo el mundo sabe que el catolicismo romano simplemente se apropió de una festividad arcaica; o aún mejor, de un calendario completo de festividades muy antiguas (que se inicia con las fiestas invernales y termina con la celebración de san Juan). Lo interesante es que, mientras la Cuaresma pierde fuerza y sentido, de forma inversamente proporcional, el Carnaval parece gozar de una salud inmejorable. Indagar en el espíritu del Carnaval equivale, en cierta manera, a una inmersión en el poso colectivo extremo-occidental.

 

Carnaval de Cádiz, 2012.

 

La esencia del Carnaval consiste en la inversión del orden establecido. Se trata de poner todo patas arriba, el mundo al revés. En muchos pueblos y ciudades de la península Ibérica, por ejemplo, había costumbre de fustigarse, apedrearse con huevos o frutas, colgar peleles, quemar estopas, hacer corridas de gallos, mantear animales, injuriar a los viandantes, hacer sátira pública de las intimidades, ensañarse con vecinos y vecinas, disfrazarse, travestizarse, comer de forma desconsiderada, beber con desmesura, etcétera. Imperaba –y aún parece que perdura– la ruptura del orden social, la violencia al cuerpo, el abandono de la propia personalidad y la borrachera colectiva. Se entenderá que la Iglesia tratara de censurar algunas de estas prácticas. Pero, por lo general, optó por tolerar las más “sociales” y arraigadas. Su habilidad en asociar actos tan antitéticos como los rituales carnavalescos paganos con el recogimiento cuaresmal es digna de mención.

En efecto, en el antiguo mundo mediterráneo existían unas fiestas enraizadas en la misma idiosincrasia que el Carnaval. No es que el Carnaval sea un vestigio de aquellas, pero sí otra expresión de un mismo ethos. Se trataba de los cultos a Dionisos, polivalente divinidad de lo caótico y lo extático. Los participantes eran llamados koribantes, los acólitos del dios. También kouretes, los iniciados en los cultos dionisíacos de la isla de Creta. En Irlanda existían fraternidades similares: los korrigans. Posteriormente, a estos individuos en Grecia los llamaron bacantes, esto es, seguidores y seguidoras del dios Baco. Emulaban las tempestades, bromeaban con los dioses y los sabios, bailaban, se mofaban de la moral social. Disfrazados de sátiros, estos extáticos se sumergían en los misterios de la Naturaleza y la regeneración del cosmos. Al son de los tambores, el bacante alcanzaba la locura frenética, la mania que llamaban los helenos. Está claro que el Carnaval linda con viejos ritos dionisíacos, bacanales antiguas y saturnales romanas.

Al mismo tiempo, en la antigua Europa existían otros festivales de carácter agrario emparentados con el Carnaval. De hecho, el Año Nuevo eslavo comenzaba el Miércoles de Ceniza. En Alemania, en Chequia, en Estonia o en Francia se realizaban ritos de expulsión de un “espíritu” del bosque, símbolo del mundo vegetal. En no pocos lugares se daba caza al “espíritu” y, simbólicamente, se le enterraba y expulsaba de la población. Este gesto marca la muerte del invierno; la transición que da paso a la regeneración primaveral. De forma similar, las mascaradas, fiestas del arado, fiestas de vaquillas o calendas de la península Ibérica tenían por finalidad asegurar la buena marcha del grupo social durante todo el ciclo anual. Por ello se teatralizaban acciones que expulsan los males, como en el Entierro de la Sardina, y regeneraban el curso normal de la vida social.

El Carnaval no representa, por tanto, una simple supervivencia de un viejo ritual pagano sino que –como señalara el folclorista Julio Caro Baroja– es casi la representación del paganismo en sí frente al cristianismo. A lo largo de varios siglos, el viejo calendario pagano fue incorporado, ajustado y ecualizado por la acción de la Iglesia, ligándolo a la narrativa de Jesucristo. Precisamente, la fuerza del cristianismo logró que fiestas y costumbres dispares –como el Carnaval, la Navidad, la fiesta de los Santos Inocentes, el Año Nuevo, el día de Reyes, la fiesta de san Nicolás, etcétera– acabaran teniendo tanta semejanza entre sí en países y regiones distantes.

Hoy, cuando la narrativa pierde vigencia (tanto por alejamiento del espíritu pagano como de la trama cristiana que lo suturaba), queda al descubierto únicamente la vena bacanal, que desemboca en la expresión de frenesí, fiesta y éxtasis de los carnavales modernos. Nadie sabe qué se celebra, ni qué larga historia asoma detrás, ni qué misterios celebraban los antiguos. La bacanal se ha extraviado del sentido iniciático. Por eso, el Carnaval se asemeja cada vez más a una noche de farra. Como el Estado aborrece de esa violencia y desmesura (la hybris), trata de reglamentarla y domesticarla. Esto ya era patente en los carnavales urbanos del siglo xx que –a diferencia de las viejas fiestas campesinas– recurrían a grandes bailes, lujosas cabalgatas, comparsas y concursos de carrozas. Este aburguesamiento del Carnaval –sea en Cádiz, en Notting Hill, en Tenerife o en Rio de Janeiro– marca su deceso.

Pero bajo la aparente frivolidad asoma, quizá ya imperceptiblemente, el guiño del espíritu del bosque, la necesidad de trascender nuestra carcasa social, dar rienda suelta al exceso, hacer un sano ridículo de lo sagrado… Asoma, en definitiva, el lado indómito y salvaje de la naturaleza; de la naturaleza que a veces también llamamos humana.

 

 

 

15, febrero, 2015