Educación: «Houston, tenemos un problema»

 

 

La educación nos concierne a todos. Es un asunto tan esencial como la salud o la economía. Pero hasta que uno no se encuentra lidiando con escuelas, profesores, asignaturas e hijos en apuros (del tipo que sean), no puede captar –o más gráficamente, no puede aprehender– hasta qué punto, Houston, tenemos un problema con el sistema educativo.

(Nota para despistados: la frase «Houston, tenemos un problema» se atribuye a uno de los astronautas de la cápsula espacial Apolo XIII al comunicarse con la base de operaciones de la NASA en Houston, Texas, después de escuchar un alarmante estallido. Corría el año 1970.)

Tengo un hijo adolescente de 15 años y una hija pre-adolescente de 11. De modo que mi esposa, mis hijos y yo llevamos ya unos cuantos años bregando con el asunto. Advierto, empero, que mis reflexiones son medio improvisadas. Lo que sigue no es ningún sesudo análisis pedagógico, sino los pensamientos en voz alta de un padre bastante asqueado con el vigente paradigma educativo.

 

 

Lo primero que quisiera sacar a relucir es que existe una importante brecha entre las directrices del sistema y los planteamientos que escucho de muchos maestros o directores de escuela. Por resumirlo en dos líneas: los profesionales tienen buenas ideas que no pueden poner en práctica dentro de las coordenadas del sistema. Esta sensación me ha asaltado muchas veces al salir de una reunión con los maestros. (Y hemos pasado por cuatro escuelas distintas.) Después de arengarnos de lo importante de potenciar las cualidades del niño, fomentar su creatividad, transmitirle valores, de adaptar tal vez su currículo y otras cuestiones en las que estoy cien por cien de acuerdo (son escuelas, pues, con hondura pedagógica); como decía, después de escuchar proposiciones tan razonables uno se pregunta: ¿y a qué esperan para aplicarlas?, ¿por qué la práctica contradice la teoría?

Porque el marco está diseñado para otra cosa. La educación en Europa –y en la mayor parte del mundo que conozco– no persigue educar, sino aleccionar y formar en una serie de conocimientos técnicos y capacidades con una finalidad estrictamente utilitaria. (Lo que es muy curioso, puesto que la inmensa mayoría de tales conocimientos no van a servirles absolutamente de nada a nuestros muchachos.) Los maestros saben que estudiar el “sintagma nominal” no es la mejor manera de amar –ni tan siquiera aprender– lengua. Pero los objetivos curriculares exigen su memorización y evaluación. Quizá este no sea el mejor ejemplo, y menos de boca de alguien de “letras” (en teoría, porque en mi época el sistema era tan desastroso ¡que acabé cursando ciencias!). Pero ahí está precisamente el quid: no me causa ningún rubor reconocer mi ignorancia de la anatomía gramatical que posee el susodicho sintagma; y aún así, esa carencia no me ha impedido dedicarme a la escritura y a la edición de libros.

El sistema educativo español (o catalán, o francés…), admitámoslo de una vez, no persigue que desarrollemos ningún amor, curiosidad o interés por ninguna materia. En espíritu, sigue siendo una réplica del industrialismo decimonónico: una cadena de montaje inserta en una jornada laboral en la fábrica (con sus timbres, uniformes, turnos de comedor y asignaturas especializadas). Se centra en el desarrollo de ciertas habilidades estrictamente intelectuales (con tozuda insistencia en el manejo escrito, en claro detrimento de la oralidad). Hace ya décadas que sabemos de las inteligencias múltiples, pero parece que existe gran desidia (¿o temor?) en cambiar nada.

A algunos niños les va relativamente bien con este sistema. Niños y niñas por lo general con una buena disposición para el pensamiento abstracto. Niñas y niños aplicados que pueden salir airosos y sacarle algún provecho al festín de conocimientos acumulados durante la primaria y la secundaria. Los más, sin embargo, irán capeando el período escolar como puedan; y algunos con gran dificultad, porque su perfil (sus inteligencias) no se ajustan ni se adecuan al prototipo. Tropecientas mil horas de los mejores años de la vida plagados de suspensos, clases de recuperación, enfrentamientos con padres y maestros, pérdida de interés, de autoestima… y un sinfín de conflictos, muchos de los cuales podrían ser francamente reversibles si no se insistiera, una y otra vez, en moldear a estos chicos para que encajen en la horma.

Estamos bajo la tiranía de lo que se me ocurre denominar el “paradigma de la pizarra”. Es el mismo modelo que escanea el famoso informe PISA (lectura, mates y naturales; es decir, inteligencias lógico-matemática y lingüística). Un modelo escolar sostenido en el clásico patrón de evaluación escrita. Teniendo en cuenta que, en último término, PISA revela el nivel de competitividad, de acumulación de información y de nula creatividad, el que España salga tan mal parada sería casi un síntoma de salud mental. Pero nuestro gozo en un pozo: el sistema es malo, sin duda, pero nuestro rendimiento mucho peor. Y uno se pregunta: ¿y si dejáramos de tratar de emular a Finlandia o Corea del Sur?, ¿por qué no somos por una vez valientes y pioneros y exploramos líneas educativas originales?

Ingenuo, yo. La reciente aprobación de la nueva ley de educación (la LOMCE o ley Wert), que motiva este escrito, redunda aún más en el paradigma de la pizarra. Pretenden ubicarlo en el siglo xxi, estimulando la competitividad, la utilidad y la especialización. Y en parte tienen razón. Es una buena fórmula para realimentar la separatividad, el aburrimiento, la dispersión, el egoísmo, el estrés y la desigualdad de nuestra sociedad. Porque el sistema pretende únicamente hacernos encajar en los valores que hoy campean: el dinero, la imagen y el poder. (Por alusiones: si usted considera que la vida consiste en triunfar y ganar dinero, entonces le recomiendo que no siga leyendo; aunque confieso que me encantaría que la curiosidad le pudiera y me concediera algún párrafo extra.) ¿Por qué no apuntar hacia un sistema que se centre en la curiosidad, la creatividad, la concienciación de uno mismo, la interconectividad o el discernimiento? Sé que esto suena a buenismo y no tiene una traducción fácil en la práctica. Pero, ¿tan aberrante parece una propuesta donde se aprenda con el juego, la cooperación, la curiosidad o la imaginación? En otras palabras, un sistema que busque motivar. El expediente académico no lo es todo. De hecho, es bastante poco. Déjenme que dé rienda suelta a mi propia imaginación –y a un plus de experiencia– y enumere qué áreas e inteligencias asociadas considero que habría que potenciar. No es la voz de un experto, insisto, pero la de un padre preocupado, que en su día también fue alumno.

Yo potenciaría, para empezar, el trabajo manual y corporal. Estas actividades deberían dejar de verse como meras notas al pie de la “genuina educación” (el expediente académico). Fomentemos el que los niños y niñas adquieran plena consciencia de su corporalidad. (Siglos de industrialización y post-industrialización han resultado en una tremenda atrofia en este respecto.) Empezaría por la respiración, el correr, el sentarse, el dormir, etcétera. Nada que objetar al juego en equipo, y hasta con una divertida dosis de competitividad; pero con el propósito de estimular el espíritu lúdico y natural. Concienciar el cuerpo significa darle importancia a la atención mental, a la flexibilidad muscular, a la coordinación. Aquellos niños con talento cinético lo aprovecharán. Propongo incluso que los niños de primaria reciban una mínima instrucción en rudimentos médicos, posturales y hasta de primeros auxilios. La enseñanza ha de ser práctica. Y nada hay más importante que la salud, en su sentido más amplio.

Yo potenciaría, asimismo, la conexión con el medio natural. No se trata de concienciar a los niños y jóvenes de que vivimos en la Naturaleza, sino que son y somos naturaleza. Dejarse penetrar por el aire, zambullirse en el mar, trepar a los árboles, oler las yerbas, observar los pájaros. (Entiendo que para las escuelas urbanas en las que el contacto natural es dificultoso se necesitaría algún tipo de apoyo estatal.) En cualquier caso, se trata de salir de la jungla de asfalto. Por supuesto cabe educar en la cultura del reciclaje y la responsabilidad ecológica. El contacto con la Naturaleza atañe también a la alimentación. Los niños deberían ser tan participativos en el preparado de su almuerzo como la empresa de catering. Habría que enseñar a sembrar, regar o recolectar. Una vez más, en el caso de las escuelas urbanas donde esto es inviable (aunque para eso están los parterres), pienso que los niños deberían implicarse en la compra, acudiendo, por ejemplo, al mercado. Y, luego, en clase de “cocina”, pues a amasar pan, a cocinar. (Y lo dice alguien no muy versado en la materia.) No se trata de fabricar chefs, pero la alquimia con los alimentos puede ser sabrosamente creativa. E igual de importante: saber comer. Buenos modales, sí, pero asimismo aprender a concienciar los alimentos: reconocerlos, paladearlos, disfrutarlos y digerirlos.

Y potenciaría el aprendizaje emocional. Qué mayor conocimiento que el auto-conocimiento: saber reconocer y manejar las emociones, ya sean destructivas o favorables. No se trata de hacer ninguna terapia, pero sí de la concienciación de nuestro mundo afectivo, emotivo y relacional. Cierta sabiduría del corazón. Somos animales hipersensibles y emocionalmente complejos. Una inmersión en ese mundo me parece de cajón. (Está claro entonces que la profesión de maestro requeriría una formación más completa; y un salario acorde con su importancia vital.) Hay niños con innatas cualidades para la empatía, para la relación, diestros en el talento que Howard Gardner llama “inteligencia interpersonal”; niños, empero, condenados al fracaso escolar por tenerlos martirizados horas y horas frente a una pizarra.

En efecto, un sistema post-PISA tendería a potenciar las habilidades de cada cual. Hay niños con inteligencia corporal, otros on inteligencia musical, o con inteligencia lógico-matemática, y con inteligencia filosófica, etcétera. El sistema debería tener la suficiente flexibilidad para adaptarse a las diferencias. En ningún momento se me pasa por la cabeza desdeñar la aritmética. Pero considero que no debería generarse tanto estrés en alcanzar determinados resultados curriculares. Protesto por la jerarquización que hacemos de las aptitudes. El que tengamos en alta consideración el conocimiento científico no implica devaluar el trabajo con artes plásticas, literatura o deporte. La democratización y universalización de la educación no significa que todos seamos iguales. Deberíamos trascender esa ansiedad y aceptar las diferencias (por otra parte, cambiantes, según la evolución de los niños). Eso no significa necesariamente partir la clase en niveles, sino en múltiples áreas; e interconectarlas. (Los detalles y las soluciones prácticas se hallarán una vez definidas las prioridades.) Significa preocuparse en qué destaca el niño y quizá no tanto en qué flojea. Potenciar sus talentos e impedir que alguna carencia se convierta en handicap. Esto significa un cambio de mentalidad, porque supone aceptar que no existe un patrón de normalidad claramente definido. Y tener el coraje de aceptar que un niño con aptitudes lingüísticas, por ejemplo, necesite el doble de tiempo que otro en aprender el conocimiento del medio natural. O vice versa. Basta ya de que la educación musical, por caso, sea un mero elemento decorativo del currículo escolar. No es que hayamos de fantasear con una sociedad de violoncelistas, pero sí de una sociedad de personas que saben expresar sentimientos, emociones, y hasta pulsiones más hondas, a través de las cuerdas de una guitarra, las teclas de un piano o el timbre de la propia voz. El cultivo de una sensibilidad estética (y no sólo artística) es esencial. Porque, a fin de cuentas, sólo aquel que se asombra por la belleza de un árbol, de un pensamiento, de una mirada, de una fórmula química, de un movimiento de danza, podrá realmente gozar de la vida.

¡Ojo! Cuidémonos muy mucho de no hacer del niño un consentido o un tirano. Los límites y el orden son esenciales. No puede haber pleno desarrollo si no hay respeto por los demás y por las cosas, puntualidad o cortesía. El reto no consiste, pues, en someterse a los deseos del infante, sino en facilitar su aprendizaje; otorgando, por ejemplo, mayor centralidad al juego, la curiosidad y la creatividad. No hay que sacrificar patrones de orden y de estudio, mas trazar los límites ahí donde realmente deben de situarse. ¿Qué es esta aberración de fustigar a un niño de 9 años que ha estado 9 horas en la escuela con unos deberes diarios? Unos deberes que, en muchas ocasiones, van a requerir un par de horas más de trabajo en casa. A cenar y a dormir. Los deberes –como las horas extra en la empresa– deberían ser realmente esporádicos.

Los años de escolarización deberían alumbrar una curiosidad permanente. Porque el aprendizaje va a proseguir hasta el fin de nuestros días. Pero –quizá porque es más simple transmitir información y evaluar con exámenes–, el caso es que hemos olvidado precisamente lo esencial: el aprendizaje de la vida. Cierto, eso no ha de enseñarse, lo ha de desarrollar cada individuo por sí mismo, pero la escuela ha de ofrecer el marco adecuado para que los niños aprendan a contemplar las nubes en el cielo, a reconocer sus miedos y ansiedades, a respirar y comer, a observar la mente, a desenvolverse en la sociedad, a saber escuchar y escucharse. Creo que la tarea de los maestros consiste en acompañar a los niños y los jóvenes para que puedan surfear las olas de la vida.

Para complicarlo todo un poco más sucede que las habilidades que un niño presenta a los 7 años puede que se evaporen a los 12. Habrá que tener entonces el reflejo de priorizar otras áreas. Las inteligencias ni son rígidas ni ciento por ciento innatas. No hablo de una educación a la carta; pero casi. Sé que muchas ideas de las que aquí estoy volcando ya se están trabajando en centros educativos. Y otras son quizá de difícil aplicación. Lo importante, no obstante, es tener la valentía de aceptar un cambio de modelo. Uno en el que precisamente deje de existir un prototipo ideal de niño escolarizado.

En esta tesitura, sugeriría potenciar la interconectividad entre los críos. Hay escuelas que ya introducen su pequeña dosis de educación en valores. Yo iría más lejos. Llevaría valores como la solidaridad, el respeto, la inclusión o la compasión a todos los ámbitos de la escolarización. Nada de una asignatura de civismo, religión o ciudadanía. Esos valores han de interpenetrar la enseñanza, tal y como se hace con la puntualidad, la actitud o el comportamiento en clase. Me encantaría ver en las notas de mi hijo (en el improbable caso de que siguieran existiendo): notable en compañerismo, excelente en respeto, etcétera. El mundo es una infinita red de relaciones en la que todo está interconectado. Es nuestro deber ahondar en la concatenación, la pluridimensionalidad… y saber cómo manejar todo eso (sin recetas previas, espoleando el espíritu de la intro- y la extro-versión). Esta es la mejor vacuna para el reduccionismo, la superficialidad, el fanatismo o la indiferencia. Sólo el sensible a la red de relaciones puede desarrollar con plenitud la amistad, la compasión y el respeto por el otro. El cultivo de la sensibilidad ha de formar parte, sí, del currículo académico. Y ello incluye concienciar la muerte, la injusticia, la violencia o la pobreza. No podemos ser insensibles al sufrimiento.

Naturalmente, potenciaría la autonomía de pensamiento. Menos memorización de reglas gramaticales, fórmulas de física o eventos históricos y más espíritu crítico, reflexión, discernimiento, debate y diálogo. Nada mejor que las hoy denostadas humanidades para desarrollar estos aspectos. Insisto: por nada del mundo hay que dejar de aprender las nociones básicas en cálculo matemático, en lenguas o en ciencias naturales. Empero, creo que el exceso de información precisamente ha perjudicado la visión general que antaño un joven tenía al acabar la educación secundaria (la llamada “cultura general”). El bombardeo y acumulación de conocimientos sólo conlleva mayor dispersión. El sistema que tenemos es un reflejo de la sociedad que construimos y los cimientos en los que se sostiene. Estamos sobreinformados y, al mismo tiempo, somos ignorantes a la hora de relacionar, discernir –lo esencial de lo superfluo– o reflexionar. Por ello, nuestra sociedad tan alfabetizada puede ser, a la vez, tan borrega y manipulable. Conviene desarrollar la claridad, la atención y la precisión; incluso adiestrar en el silencio, la quietud. Fundamentados en este aprendizaje surgirán los buenos científicos, empresarios o deportistas.

Existen en la actualidad modelos alternativos, algunos de los cuales compartirían mucho de lo que yo aquí he improvisado. Mi queja frente a ciertas escuelas, sin embargo, es que tienen demasiada propensión a ubicarse en los márgenes. Un paradigma como el que planteo no puede ser “alternativo”. El problema de toda esta reflexión es que, en último término, exige que no sólo la escuela sino la sociedad entera –empezando por la familia (de la que prometo escribir otro día)– resitúe su escala de valores, prioridades y referentes. La educación ni está diseccionada del resto de actividades humanas ni puede circunscribirse a un espacio y horario determinados. Pero vivimos en el mundo de la compartimentización, de la separación, del egotismo; un mundo de LOMCEs y PISAs. De ahí mi pesimismo. Houston, realmente tenemos un problema. Porque lo que estaba planteando era y es, en realidad, una verdadera revolución. Y me temo que esto queda fuera de nuestro alcance. Apuntaba a una rebelión pedagógica que priorice, sí, el aprendizaje de la vida.

 

 

17, enero, 2015