¿Charlie contra Isis?

 

Es atrevido escribir sobre el atentado contra el semanario francés Charlie Hebdo con la sangre todavía caliente y las emociones algo desaforadas. Tras dos días de estupefacción, 20 personas han muerto acribilladas. Una mayoría siente que se ha disparado directamente contra la línea de flotación de Occidente: la democracia. Y, más en concreto, contra el –todavía no me atrevo a decir sacrosanto– valor de la libertad de expresión. Como digo, es peliagudo extraer conclusiones sin la necesaria perspectiva, todavía sin la cabeza clara… cuando se está todavía conmocionado por la barbarie. Empero, un ejercicio reflexivo puede resultar en una saludable terapia.

He escuchado diversos relatos y opiniones –en francés, inglés, catalán o español– de políticos, analistas, periodistas y ciudadanos de a pié; incluidos los comentarios e insultos en las redes sociales. Yo mismo colgué en mi muro de facebook algunas viñetas en solidaridad con la revista, como expresión de tristeza.

Muchos hablan de combatir –con la pluma, con el humor, con la palabra– la barbarie. Pero, aparte que me temo que eso es inútil (el bárbaro, por definición, es aquel incapaz de balbucear nuestro mismo lenguaje), varias dudas me asaltan al respecto: ¿no es precisamente esa reacción emocional lo que se persigue con el atentado? Levantar a la población de Occidente en “armas” y darle más forma y contenido a un choque de cosmovisiones, civilizaciones, religiones o lo que sea. Lo que el yihadismo pretende es radicalizar a la población occidental hacia el extremismo contrario, el xenofóbico, el intolerante, que ya es rampante estos tiempos. (Y, de paso, poner a la población musulmana europea en una disyuntiva bipolar.) Quienes más se van a alegrar, fíjense por donde, son los partidos islamofóbicos. Mi segunda duda, que es más inquietante, viene a colación de la anterior. ¿Contra quién se está luchando?

 

Estudiantes nigerianas secuestradas por el grupo yihadista Boko Haram.

Tal y como yo interpreto la reacción popular, con nuestros actos de solidaridad con Charlie expresamos nuestra indignación frente a lo que consideramos un atentado contra los valores en los que se sostiene la sociedad moderna. La indignación y tristeza son lógicas. (Dejemos para otro día, sin embargo, la falta de respeto que la mordacidad satírica puede acarrear. ¿Dónde deben situarse los límites de la libertad de expresión? Pero por muy descorteses que hubieran sido las viñetas de Charlie –que lo fueron–, jamás pueden justificar un chantaje y una reacción criminal como la que hemos vivido. Aunque yo no soy Charlie, no estoy contra Charlie; que no es más que el “bufón” –un arquetipo, por cierto, muy anterior a la moderna libertad de expresión– de nuestra sociedad. Falta humor en los ismos; falta finura.)

Por desgracia, ya hemos experimentado en otras ocasiones esta misma impotencia e incredulidad. Me viene a la cabeza el recuerdo del vil asesinato de Hipercor en Barcelona, en el que 21 personas inocentes fueron asesinadas por ETA en 1987, o la espantosa masacre de 43 estudiantes en Iguala (México) en manos del contubernio narco-político, una atrocidad todavía humeante. La lista es infinita. Existe, sin embargo, una diferencia notable entre estos dos ejemplos que asimismo generaron una unánime repulsa popular y el atentado contra Charlie Hebdo. Percibimos que el problema vasco o el problema mexicano son conflictos locales, por muy próximos que los hayamos sentido. Ponen –o pusieron– en cuestión la hegemonía del Estado Español o del Estado Mexicano, pero no se viven –como el de París– como un ataque frontal a la sociedad moderna y a la civilización occidental. Este punto es crítico.

El atentado contra Charlie Hebdo es sólo uno entre los tropecientos que se han cometido en las últimas décadas (y no recordemos únicamente el World Trade Center, Atocha o el metro Londres, mas también las acciones de los talibanes, de Boko Haram o de Isis (Estado Islámico) en Pakistán, Kenya, Afganistán, Irak, India, Nigeria, etcétera). El yihadismo se ha alzado en armas contra lo que representa “Occidente” a escala global. Esto es una guerra. Eventos como el 7E parisino nos lo recuerdan. Y van a continuar.

Para una corriente que gana enteros en el mundo, el enemigo es simple y llanamente el islam, una religión –dice el cliché– incapaz todavía de separar lo político de lo religioso, opuesta a los valores de la modernidad (libertad de expresión, igualdad de género, democracia participativa, etcétera) y atrapada todavía en una reaccionaria mentalidad medieval.

Una mayoría sabe que no es el islam, sino el yihadismo, el islamismo radical, el talibanismo, el salafismo, el barbudismo, el barbarismo… Igual que no fueron “los vascos” los que durante 30 años asesinaron a cientos de personas, sino la ETA, tampoco es “el islam” quien ha atentado contra Charlie Hebdo, sino Isis y Al Qaeda, entre otros. Con esfuerzo y una dosis de buena intención (no siempre a mano cuando las emociones siguen a flor de piel) es de justicia realizar esa indispensable matización. Pienso que es vital que reconozcamos este tipo de deslices, asociaciones y automatismos mentales. Sabemos que hay millones de musulmanes en todo el mundo que ni por asomo secundarían una barbarie de este estilo y condenan abiertamente este tipo de atentados. Lo sabemos; pero debemos realizar el esfuerzo de recordárnoslo porque en la memoria retumba que esta gente profirió el “Allah u Akbar” y “el Profeta por fin ha sido vengado”. Las imágenes de los atentados quedarán de por vida asociadas a unas frases de explícito contenido islámico. Acto seguido, se ponen en marcha los hondos prejuicios culturales: los estereotipos del árabe o el “moro” vengativo, agresivo, de poco fiar y fanático; y su religión despótica, misógina y cruel. Los medios de comunicación no siempre ayudan. Un mordaz tweet denunciaba que cuando los medios cubren una matanza, si es un musulmán el que la ha perpetrado, es la religión entera la culpable, si es un negro, es la raza, pero si es un blanco, es que el individuo está perturbado mentalmente. A estas sutiles asociaciones mentales hay que sumar el hecho inapelable de que infinidad de crímenes como –y mucho peores que– el de París se han realizado en nombre del islam. Lo que conduce a un nuevo interrogante políticamente incorrecto: ¿qué hay en el islam o en el Corán que permite una interpretación violenta y radical del mismo?

Esta es una cuestión muy compleja pero que, en último término, alza una sospecha sobre esa religión. El hecho de que nos la planteemos ya es signo de esa desconfianza. Ahora entiendo por qué muchos de los musulmanes que conozco protestan contra el uso de términos como “islamismo” o “yihadismo” para designar a estas ideologías radicales y a estos grupos armados.

Sabemos que estos grupos tienen más en común con las bandas de extrema izquierda de los años 1960s, 1970s o 1980s (en su organización, métodos de reclutamiento, de guerrilla y hasta en el romanticismo que evocan entre los suyos) que con el Corán. Su utópico anhelo de “regreso” a los “fundamentos” de tiempos del Profeta, aunque se expresa con retórica “islámica” y se sostiene por arengas de imams aparentemente muy versados en el Corán, está anclado en una visión historicista con ecos de utopías revolucionarias como las de las Brigadas Rojas, la Baader-Meinhoff y algunas insurgencias latinoamericanas. Hacen de la yihad una obligación personal (y no colectiva, que sería la posición clásica), en un desconocido espíritu kamikaze. Por eso, los yihadismos son movimientos muy modernos. Es irónico decirlo, pero son hijos de la modernidad a la que tan tenazmente se oponen. Nada más lejos del famoso “choque de civilizaciones”.

Todo eso lo sabemos. Y si no lo sabían, recomiendo profundizar en ello. No existe tanta diferencia entre Al Qaeda, Sendero Luminoso o las Brigadas Rojas. Aunque difieran en los objetivos, son todos hijos de la cara oscura de la modernidad, de su sombra: una visión del mundo binaria, esencializada, estática y maniquea.

Pero, al mismo tiempo, podemos tener razonables dudas en cuestionar los bienintencionados argumentos que sostienen que ningún pasaje del Corán o de la tradición musulmana justifican estos hechos. El Corán, obviamente, no pide que nadie vaya a ametrallar humoristas gráficos o a secuestrar cientos de niñas para impedirles acudir a la escuela. Pero el hecho, repito, es que estos atentados se han cometido en nombre del islam y de la sharia. Los recelos no son infundados. Algo parece haber en esa religión que facilita interpretaciones violentas y radicales. Negarlo es wishful thinking.

Y ahora es cuando introducimos otro punto crítico en la terapia. Porque es necesario admitir que algo hay también en la tradición hermana cristiana, asimismo responsable de infinitos “crímenes contra la humanidad”. ¡Diantre! esos libros sagrados son polifacéticos: capaces de brindarnos la mística de Rumí y el pacifismo de Francisco de Asís lo mismo que la más espantosa de las yihads o la pérfida Inquisición. De poco sirve tratar de convencernos de que en el “verdadero” islam o en el “genuino” cristianismo la yihad es la lucha “interior” y la Inquisición no fue más que un ardid político ideado por la Corona Española ante la amenaza del Imperio Otomano. El quid no está ahí. Aún cuando podamos explicar el por qué de estas “desviaciones” o interpretaciones literalistas, radicales o violentas, el punto que quiero traer sobre el tapete es otro: el enemigo ante el cual en último término nos estamos levantando resulta que no sería tanto el islam como la religión en sí misma.

Puede que ahora sea el islam la tradición que proporcione mejores excusas a los barbudos cruzados del siglo xxi, pero un simple repaso a la historia mundial nos mostrará que la religión tiene en su haber un larguísimo historial de fechorías. Para muchos, cuanto antes nos desembaracemos de ella, mejor.

Obviamente, esta es una lectura muy sesgada e intencionada del fenómeno religioso, pero coincidirán conmigo en que es una tendencia que cada vez goza de mayores partidarios. (Eso es algo ya muy explícito en los EE.UU., donde el 11S representó un punto de inflexión y sacó del armario a la hasta entonces más bien modosita corriente de los “nuevos ateístas”.) Mi acometido ahora es tratar de problematizar dicha lectura. No es mi intención hacer de abogado del diablo de la “religión” (irónico sería que el diablo fuera en su rescate), mas en hacer aflorar esos mecanismos mentales que tendemos a dejar actuar. Es un ejercicio esencialmente terapéutico.

En primer lugar, hay que destapar ese sesgo al que antes aludía. Es ciertísimo que en nombre de la religión se han cometido barbaridades inmundas. Pero en nombre de la religión también se han construido templos imponentes, o mágicos santuarios, cantatas sublimes o retablos sin igual. El ser humano ha hallado las más profundas certezas filosóficas y existenciales en las religiones. En un libro anterior sentenciaba que la religión es capaz de lo peor y de lo mejor. Unos escogerán lo primero; otros lo segundo. Pero lo que nadie debería olvidar es que la religión en sí misma no hace nada; somos los seres humanos los que moldeamos religiones y actuamos en su nombre. Ni la religión ni la economía ni la política han creado la “Pasión según San Mateo”, la guerra santa o las Upanishads. Hemos sido los seres humanos, permanentemente entretejidos por la cultura, la economía, la lengua, el pensamiento, la religión, la creatividad, la gastronomía, la gastroenteritis y demás contingencias, los que hemos creado “Pasiones”, Upanishads y guerras santas.

La religión en sí misma no ha podido hacer nada porque hasta hace relativamente poco no constituía ninguna esfera nítidamente diferenciada de la política, la economía, la ciencia o la agricultura. (Y recuérdese que estoy pensando en términos planetarios, y no sólo de las provincias occidentales.) De hecho, la religiosidad (que podría considerarse una dimensión más profunda y experiencial de la religión) nos acompaña desde el mismo proceso de hominización; pero no voy a proseguir por ahí. Es con la llamada modernidad (una serie de vectores políticos, económicos, científicos, estéticos y filosóficos entrelazados, que en los últimos 300 años han ido apropiándose de la cosmovisión y la práctica de Occidente y su radio de influencia), que puede hablarse de la separación de una esfera política y otra religiosa. Es lo que designamos como “secularización”, cuya avanzadilla se reportó en el mundo protestante del centro y el norte de Europa (donde la religión se desplazó de lo público a lo subjetivo, personal e íntimo). Este proceso constituye, precisamente, uno de los cimientos de la civilización occidental moderna (o así gusta de imaginarlo la intelectualidad de la misma). Lo curioso es que la sociedad secular, ilustrada y moderna basada en los valores revolucionarios de la libertad, la igualdad y la fraternidad, en la separación entre la Iglesia y el Estado, en la autoridad de la ciencia (y no la religión), en el libre comercio de la industria y el capital, en la democracia y la libertad de expresión, en la hegemonía del Estado-nación… pudo –y puede– ser tan violenta y agresiva como el cristianismo, el islam o las demás religiones del planeta.

La modernidad occidental dejó de combatir “moros”, “católicos” o “protestantes”, pero pasó a exterminar a los “primitivos” y los “salvajes” de los nuevos mundos conquistados. La tortura ya no sería para el hereje o el infiel sino para el “negro” esclavizado. Los genocidios más aberrantes de la historia se han cometido al pasar por el filtro político (nacionalismo) y científico (racismo) a los de distinta “nación” o “raza”. Los siglos xix y xx están plagados de guerras mundiales, holocaustos o abusos coloniales difíciles de olvidar. Millones de personas fueron masacradas por pertenecer a otra nación o a la raza incorrecta en el lugar equivocado. Igual que hoy muchos perciben que los musulmanes no logran subirse al tren de la modernidad, los ilustrados del xviii y los prohombres del xix percibían a las “hordas” de salvajes que poblaban África, las Américas, Australia o buena parte de Asia como “primitivos” sin derecho a la propiedad e, incluso, siquiera al Cielo.

 

Esclavos africanos en América.

 

 

Digamos lo obvio: la secularización no nos hizo más pacíficos. Dicho proceso tuvo mucho que ver con el malestar por las llamadas guerras “de religión” de la Europa de los siglos xvi y xvii (unas guerras –por otra parte– menos fundamentadas en el fanatismo religioso de lo que se supone). Tuvo que ver, por tanto, con la historia local europea. No representa una evolución natural y universal de las cosas. Fue precisamente entonces cuando empezó a fraguarse el mito de la violencia religiosa.

¡Ojo! No se malinterprete mi ejercicio. No se trata de autoculpabilizarse por enésima vez, ni en justificar el yihadismo, ni defender la religión. De hecho, ni el sentimiento de culpa ni el yihadismo ni la religión tienen mis simpatías. Se trata –como en gran medida hacían los de Charlie Hebdo– de poner el dedo en la llaga. Se han cometido y se cometen atrocidades inmundas en nombre del islam, lo mismo que del progreso, el desarrollo, la patria, la bandera, el cristianismo, el hinduismo, la evolución humana, la raza, el proletariado, el superávit, etcétera. (Y deliberadamente me he ahorrado muchas mayúsculas.) Hay que destapar todas las formas de opresión y agresión y desenmascarar su enraizamiento en la ignorancia, la codicia y el odio.

No es casual que la guerra contra la modernidad de corte occidental haya sido declarada desde unas sociedades –aunque hoy las ha traspasado y desbordado con creces– de poso musulmán y que padecieron de forma también cruenta la intolerancia del imperialismo, en sus facetas política, económica y cultural. Va un único ejemplo, tomado de Karen Armstrong. En la Persia de 1928, Reza Shah Pahlavi dictó una serie de leyes que –siguiendo la línea secularizante de Atatürk en Turquía– buscaba la uniformidad en el vestir. Los soldados llegaron arrancar el velo de las mujeres con sus bayonetas y los destrozaban en plena calle. En 1935, la policía recibió la orden de abrir fuego contra una multitud que se había organizado en una manifestación pacífica contra esas leyes, matando a cientos de civiles desarmados. Políticas agresivamente secularizantes como esta convirtieron el velo –que no tiene ningún respaldo coránico– en un emblema de la autenticidad islámica. Las sociedades musulmanas tienen razones para sospechar de la llamada “modernidad”. Tras ganar unas elecciones democráticas en Argelia en 1992 o en Egipto en 2012, los partidos islamistas fueron luego aplastados y perseguidos en nombre de la “democracia” y siguieron regímenes militares más severos que antaño. El presidente Bush jr. tuvo la hipocresía de declarar una nueva guerra a Irak también en nombre de la “democracia” (porque, al parecer, si la agresión tiene respaldo moral o divino, es más llevadera). De hecho, la nefasta geopolítica occidental alumbró y financió muchos de los grupos hoy alzados en guerra contra Occidente. Y las guerras neocoloniales en Irak, Afganistán, Libia o Siria –con la inestimable ayuda del salafismo saudí o qatarí y del sionismo israelí– siguen atizando las brasas. Siembra y recogerás.

Aunque el yihadismo recurra al tropo de un “retorno” a un idílico pasado de tiempos del Profeta, no representa una recuperación de lo religioso, más bien su politización plena. El terrorismo es siempre político. Por eso no ha declarado la guerra al Vaticano sino que ha ido a atentar contra los símbolos –el World Trade Center o el semanario Charlie Hebdo– de su Satanás político: Occidente, caricaturizado únicamente en términos de “materialista”, “individualista”, “inmoral”, “consumista”, etcétera.

Todos los movimientos del radicalismo islámico se nutren de una sensación o ansiedad –real o imaginada– de ser aniquilados por la modernidad occidental. Eso no los justifica, insisto. Simplemente, los explica. De eso versa este escrito. Conocer las contingencias históricas, sociales, políticas, religiosas y económicas que se esconden detrás del yihadismo o de la llamada modernidad desexotiza la cuestión y quizá permita –aunque sólo quizás– que avancemos en la construcción de la libertad, la secularidad o el diálogo. Conocer nuestros prejuicios y asociaciones mentales quizás –aunque ídem– faciliten algún entendimiento (no tanto ya con el otro; sino del otro; y aún mejor: de nos-otros). ¿Por qué 20 muertos en París valen infinitamente más (“valor” medido por la resonancia que genera en los medios y las redes) que varios cientos en el norte de Nigeria, asesinados entre el 7 y el 8 de enero por Boko Haram? No se trata de ganar ninguna guerra en nombre de la libertad y la democracia sino en evitar otra guerra en nombre de ninguna bandera y letra mayúscula. Protestemos contra la barbarie, la intolerancia y la violencia, pero cuidémonos de no alzar muros y fosas entre “ellos” y nosotros, porque resulta que –en su ignorancia– los “otros” no son tan distintos de nosotros.

 

 

10, enero, 2015